
Disculpe usted, lejana lozanía cansada de no intentar más,
de estar la pobre encerrada rumiando las penas del incorregible.
Entregada en vida cuando no lo merece, cuando le tratamos mal,
cuando permitimos la huida de nuevos encuentros dejándola sola y confundida.
Un macho desvalido intenta atrevimientos que naufragan en sus eternas mentiras.
Ya ve, genomas de existencia confundida desplazan su protagonismo,
luego vuelven para pisar su tumba,
para escupir sobre sus huesos.
Después lo agradece, después lo olvida;
después amor agradezco que olvide porque no podría vivir así,
sin estos gestos y sin estas mejillas.
Sin ese amor de mujer nonato que muere de amor deseándose cada día.
Lo construye en la imaginación de los hombres;
en los ojos de los hombres.
En la imaginación y en los besos que rinden su-cesión de universo dedicado a la veneración de sus gestos;
a la caricia de sus manos, a los rasgos de su rostro,
a las líneas de su cuello. Tú cuello.
La voz de un reflejo de luz en tu cara,
tu cara en la superficie del agua,
en la retina de un ojo que es ocaso.
Luego desprecias la rosa que te regalo una y otra vez y lo entiendo:
las cosas no te pertenecen a ti, pero a veces tú,
sí le perteneces a las cosas.
Quiero satisfacer tus caprichos. Me dijiste además quieres un gato.
Quieres un buen atuendo. Ornamentos.
Quieres una mascota de cristal o de esencia pero quieres antes saberte bella.









