
Los anales históricos señalan el origen del culto del Tepeyac algunos siglos antes de las apariciones reconocidas y fomentadas por el catolicismo a partir del siglo XVI. Cuentan las crónicas de los primeros conquistadores que en el cerro del Tepeyac, indios provenientes de muchos lugares adoraban a la antigua madre de los dioses, la Tonantzin, “nuestra madre”, también conocida como Coatlicue. Cabe reconocer el culto a la guadalupana que hoy se realiza convocando a millones de feligreses, no fue en un inicio reconocido por la iglesia proveniente de España; en especial la orden franciscana quien por labios de fray Francisco de Bustamante, y ante la presencia del virrey Don Luis de Velasco, profería:
“...la devoción que ha tomado en una ermita e casa de Nuestra Señora que han intitulado de Guadalupe, es un gran perjuicio de los naturales porque les da a entender que hace milagros... “
Agregaba que le pareció “idolatría” las limosnas y ofrendas y sobre todo de comida que los indios por miles le llevaban en su día.
Por su parte el historiador Fray Bernardino de Sahagún, critica como “cosa que se debería remediar” el culto a aquella Tonantzin, en el templo que en aquellos días se veneraba a la efigie indígena:
... hay muchas iglesias de nuestra señora y no van a ellas, y vienen desde lejanas tierras a ver a esta Tonanzin como antiguamente, la cual devoción también es sospechosa...”
Por su parte Francisco de la Maza en el guadalupanismo mexicano señala que: “una figuración de la antigua diosa madre Tonanzin debió verse en Tepeyac hasta 1694, como lo anota en el plano de Santa Isabel Tolla: una figura extraña, deshecha en el día”.
Como lo afirma también Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, al referirse que era una imagen devota y que hacía muchos milagros sin mencionar en algún momento las apariciones, sitúa el rito incontrovertiblemente muchos siglos antes de llegada de los españoles.
Apelando entonces al único espíritu humanista que debiera reconocer la existencia de la divino a parir de la experiencia propia y no de el dogma institucional caemos en cuenta que el culto a la guadalupana se realizó en México desde tiempos inmemoriales bajo el reconocimiento a esta Tonanzin, diversidad de fuentes atribuyen el origen del nombre a una serie de nuevas casualidades
La primera la sitúa como apéndice de los cultos españoles a la Virgen de Guadalupe que se veneraba tanto en Cáceres como en Gomera en Extremadura.
Una nueva versión la ubica etimológicamente proveniente del vocablo náhuatl Coatlallope, que significa la que aplasta la serpiente. También se le ubica como Tlecuauhtlapcupeuh. La que procede de la región de la luz, como el águila de fuego. Por cercanías eufónicas hasta puede considerarse la misma Coatlicue-Guadalupe como origen del término aunque aquí nos inclinamos por la adjudicación del nombre Guadalupe proveniente de Extremadura.
En cualquier caso el nombre Guadalupe invoca una inmensa connotación de lugares, nombres propios, establecimientos, tendencias artísticas y todo tipo de expresiones culturales.
Ante cualquier situación; la relación primigenia con la constante femenina que se expresa indeleblemente en su relación con las energías terrestres y lunares. Con la búsqueda incesante del equilibrio andrógino que en la actualidad avanza incesante cuestionando este orden patriarcal y autoritario; donde los instintos masculinos llevan ganada la partida los últimos milenios, ante la certeza intuitiva característica del sentido femenino y la fuerza del sentido sedentario y gregario por naturaleza. Un alma más amorosa y compasiva que equilibra la excesiva carga astral del orden falocéntrico que al parecer está agotando de manera vertiginosa sus principios. Principios sociales que introyectan la fe en la obediencia y el miedo.
Obtener la experiencia del espíritu, el de uno mismo, robustece la singularidad y dirige de mejor manera la proyección de los deseos bienintencionados. Creencias que resultan sustancia íntima; interpretación que exige reconocer la misma oportunidad ante lo que un alma en ascenso requiere. Almas que claman también para mitigar la pesadumbre cotidiana.
Cada persona establece la experiencia y relación única con su entorno, la vivencia particular para cruzar de mejor manera el umbral del tiempo.
La elección pertinente de dónde depositar la fe para el momento oportuno bien vale la pena. Las creencias resultan luego las únicas posibles, el asidero ante la zozobra. Si no es aquella oportunidad de mirar adentro, agraciados por una fuerza bendita por milenios, elemental de curación y refugio, bien puede una fe y una creencia, revestir la suerte de idolatría.
Resulta innegable el valor de la fuerza cultural de este ícono de la nación mexicana, más allá de les celebraciones, las peregrinaciones, del suplicio, de los gastos o del buen negocio de algunos que es sujetarse a este culto. Nuestra Madre, la Tonatzin Guadalupe; adquiere culto anticipado por proveer de consuelo a sus hijos. Admirar las implicaciones que el acontecimiento adquiere al interior de la cultura nacional de México, sería obligación para entender la diversidad de significados que expresa amor, dolor, abnegación, identidad, sufrimiento, perdón, idolatría.
Rescatar la esencia del mismo podría ser finalmente aquello que permita confortar de mejor manera el fervor y el convencimiento de una fe que encuentra respuesta











Las expresiones originales...
deben corresponder a un compromiso cultural que nos da identidad ... màs ahora que el sistema se empecina en convertirnos a todos en un digito o en fieles creyentes de las historias de telenovela o futbol nada màs ... Gracias por tus comentarios Tonantzin...
io